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Estrategia I

Mikhail Botvinnik. Campeón Mundial de Ajedrez.

Estrategia I. 9788492517169

Formato papel

[Disponible]

PVP. 20,00€

Ficha técnica

  • Editorial: Editorial La Casa del Ajedrez
  • Fecha de edición: 2 de Noviembre de 2010
  • ISBN: 9788492517169
  • Fecha de edición:
  • Nº edición:
  • País: España
  • Encuadernación: Rústica
  • Peso: 570gr
  • Dimensiones: 170 cm x 240 cm
    Volúmen: 1
  • Nº páginas: 272
  • Materias: Libros / Biografías y partidas /

Tienda / Libros / Biografías y partidas /

Estrategia I

Mikhail Botvinnik. Campeón Mundial de Ajedrez.

Es imposible hablar de Mikhail Botvinnik (1911-1995) sin utilizar el término estrategia. Este genio del tablero, tres veces Campeón del Mundo, es el paradigma absoluto del juego estratégico. Su rigurosa preparación de aperturas, el control sobre los aspectos psicológicos del ajedrez, su capacidad para concebir planes y su talento innato, lo convierten en una de las personalidades más relevantes de la historia del ajedrez. Tal y como manifiesta Leontxo García en el excelente prólogo de esta edición: “…Aunque haya pasado medio siglo desde que Botvinnik exhibiera sus virtudes, continúa siendo un modelo para los aficionados del siglo XXI, como lo fue para los más brillantes productos de la escuela soviética, incluidos Anatoli Kárpov y Gari Kaspárov”.


 


Patriarca, obrero y gran campeón


 


"¿Acaso crees que vas a ser como Capablanca?". Como casi todas las madres, la de Botvinnik se asustó un poco al ver que su hijo, a los 12 años, había sido fuertemente afectado por el virus del ajedrez. El profesor Parjonenko, director del colegio, la tranquilizó: "No debe preocuparse. Su hijo es muy estudioso, y el ajedrez le beneficia. Es mejor que le deje tranquilo". Un par de años después, aquel niño tan aplicado y formal ganó a Capablanca en una exhibición de simultáneas (Leningrado, actual San Petersburgo, 1925). El genial cubano se interesa por él, y recibe una explicación sorprendente: "¡Ah! Ése es Misha Botvinnik. Juega bien, pero aquí tenemos otros chicos con mucho más talento", le dice el maestro Ilhin Yenevski al entonces campeón del mundo.


Ese par de anécdotas indican que Botvinnik no deslumbró a sus allegados desde niño, como sí lo hicieron Morphy, Capablanca, Fischer o Kaspárov. Por otro lado, parece obvio que ser cinco veces campeón del mundo requiere un gran talento innato. Pero, si existiera un termómetro para medir la genialidad, es probable que Botvinnik fuera menos genial que otros campeones. Sin embargo, supera a casi todos en su enorme aportación al ajedrez: produjo muchas obras de arte; fue el gran patriarca del ajedrez soviético; el pionero del riguroso entrenamiento científico, técnico, físico y psicológico que deben mantener los ajedrecistas de élite; el primero en subrayar la importancia crucial del descanso entre torneos, la autocrítica y el análisis concienzudo de las partidas propias y las de los rivales, a quienes diseccionaba con la precisión de un entomólogo; y maestro de Anatoli Kárpov y Gari Kaspárov, nada menos. Y todo ello a pesar de que dedicó una gran cantidad de tiempo durante sus mejores años a tareas científicas ajenas al ajedrez, aparte de la frustración que sintió, tras su retirada como jugador, porque no disponía de recursos suficientes para crear un ajedrecista inhumano, diez años antes de la explosión de Deep Blue. Mijaíl Moiséievich Botvinnik fue, sin duda, uno de los grandes campeones del mundo. Y aún podemos aprender de él conceptos esenciales, por mucho que haya progresado la técnica y la tecnología aplicada al ajedrez en los últimos cinco decenios.


La mencionada victoria sobre Capablanca, a los 14 años, llegó en tiempos muy duros. El fin de la Primera Guerra Mundial coincidió con el estallido de la Revolución de 1917: los niños soviéticos crecían con muchas carencias y una alimentación bajo mínimos. La llama del ajedrez prendió relativamente tarde –para lo que hoy se estila– en la mente del pequeño Mijaíl, hijo de dos dentistas, pero no así la luz de la cultura: a los 9 años, y bajo la escasa luz de las veraniegas noches blancas de San Petersburgo (entonces Petrogrado, y después Leningrado), ya leía a Pushkin, Lermóntov, Gógol y Turgéniev, lo que dañó su vista y le obligó a utilizar anteojos desde la adolescencia.


Nada indicaba entonces que el imberbe Mijaíl Moiséyevich, enjuto y cargado de espaldas, fuera a ser uno de los inmortales del ajedrez. A la típica pregunta universal de qué deseaba ser de mayor, él respondía "escritor teatral", aunque también le interesaban la música, los gatos y la fotografía. Leía la prensa a diario, y ya estaba muy imbuido de la ideología gubernamental, si bien no fue admitido como candidato a miembro del Konsomol (Juventudes Comunistas), hasta los 15 años.


Aunque la victoria en simultáneas sobre Capablanca fuera el gran detonante, el cambio de vocación llegó dos años antes, a los 12, gracias a una persona muy influyente en la vida de Mijaíl: Lenia Baskin, amigo de su hermano Issy (tres años mayor, muerto durante el sitio de Leningrado por los nazis, en 1941). Para entender ese cambio, conviene recordar primero cómo Lenia adquirió una importante deuda moral con Mijaíl: éste no le delató cuando, convencido por él, sustrajo a su padre algunas piezas de una dentadura postiza, lo que provocó la única torta que Mijaíl recibió de su progenitor, a los 9 años. Tres después, Lenia decide que descubrirle los encantos del ajedrez está entre lo mejor que puede hacer por su fiel amigo. "Y todo lo demás pasó a un segundo plano desde ese momento", recuerda Botvinnik en su autobiografía. ¿Por qué le atrajo tanto el deporte mental? "Es una actividad del intelecto, similar a la que cualquier persona ordinaria realiza cada día para resolver sus problemas. Primero se limita el alcance del problema, reduciéndolo a sus elementos más importantes, y después se busca la solución más exacta posible; es decir, la mejor jugada".


La progresión de Botvinnik desde los 12 años fue tan rápida que compensó el tardío inicio. Ganó su primer torneo a los 13, con un premio de 18 rublos –que, al parecer, suponían una cantidad sustancial para un adolescente, porque Botvinnik escribió: "Con ese dinero me convertí en una persona independiente"–, y poco después el segundo, con una anécdota que ayuda a explicar su carácter serio y disciplinado. Su principal adversario para ese segundo triunfo era un sordomudo, Folga, que hacía ostentosos gestos de alegría cada vez que Botvinnik estaba en una posición inferior. Irritado y harto de tanta burla, Mijaíl decidió vengarse en la última ronda: ve que Folga está perdido, va a su tablero, y tumba su rey. El presidente del club le echó una enorme bronca y amenazó con expulsarle; 60 años después, Botvinnik escribe: "Nunca volví a hacer algo así en toda mi carrera".


Antes de sumergirnos en el apasionante disfrute de las partidas de la juventud de Botvinnik, debemos dar paso en el escenario a otro personaje fundamental en su biografía e indispensable para entender la enorme popularidad del ajedrez en la URSS: el temible comisario bolchevique Nikolái Vasílievich Krilenko; miembro destacado de los tribunales que administraron las espantosas purgas estalinistas, su vida terminó cuando le aplicaron su propia medicina y le ejecutaron en 1938. Ahora bien, si fuéramos capaces de olvidar ese siniestro aspecto de su vida, los ajedrecistas de todo el mundo tendríamos que estarle muy agradecidos: fue él quien instigó el informe sobre las virtudes pedagógicas del ajedrez que el Kremlin solicitó a tres científicos (Rúdik, Diákov y Petrovski) para ordenar después su implantación masiva en todos los Palacios de Pioneros (centros de actividades extraescolares) del país más grande del mundo. Y también fue él quien organizó el inolvidable Torneo de Moscú 1925 (Bogoljúbov, Capablanca, Lasker, Rubinstein, Carlos Torre, etc.), a resultas del cual Botvinnik ganó al campeón del mundo en las mencionadas simultáneas. Y asimismo fue él quien apadrinó a Botvinnik durante su meteórica trayectoria hasta que se convirtió en un claro candidato al título mundial.


Ambos formaron un binomio muy potente para lograr el apoyo permanente del Kremlin al ajedrez, del que Krilenko era un gran apasionado: "Si el destino de la Revolución es crear al hombre nuevo –más sólido, culto, inteligente y libre que el espécimen producido por el capitalismo burgués–, el ajedrez es el terreno ideal para demostrar la superioridad del primero sobre el segundo, del comunismo sobre el capitalismo". Cuando, 85 años después, leemos esas palabras podemos entender mejor el tremendo mazazo que Bobby Fischer propinó al Kremlin cuando se proclamó campeón del mundo en 1972.


Los psicoanalistas no nos perdonarían si este prólogo excluyera un hecho ocurrido al día siguiente de la victoria sobre Capablanca a los 14 años: pletórico de alegría, el adolescente Mijaíl Moiséyevich decidió que era el momento idóneo para declarar su amor a la niña de sus ojos, Murka Órlova, hermana de su amigo Shurka. Éste le cortó el paso de forma traumática: "Es mejor que no te acerques porque no te besará; eres judío". Mijaíl recordó en ese momento que su padre había rusificado su apellido para ocultar el origen, y que también había prohibido que en su casa se hablase en yiddish.


Todo lo explicado influyó probablemente en la sucesión de éxitos que jalonan la carrera de Botvinnik hasta 1941 (periodo que abarca este primer tomo que el lector tiene en sus manos), incluyendo cuatro primeros premios en el Campeonato de la URSS (1931, 1933, 1939 y 1941). Además, ganó, entre otros, los siguientes torneos: Leningrado (1930, 1932, 1933, 1934 y 1938); Moscú 1935; y Nottingham 1936. Asimismo debe resaltarse el tercer puesto en el torneo AVRO 1938, el más fuerte de la historia hasta ese momento, que ganó Keres, empatado a puntos con Fine, por delante de Botvinnik, Aliojin (mal transcrito al español como Alekhine), Euwe, Reshevsky, Capablanca y Flohr.


Aparte del constante apoyo de Krilenko hasta su muerte, conviene subrayar que Botvinnik no era todavía un jugador profesional, si por ello entendemos que se dedicaba exclusivamente al ajedrez, dado que cursó la carrera de ingeniero eléctrico y dedicó mucho tiempo a trabajos de investigación en ese ámbito, que alternó con su riguroso entrenamiento ajedrecístico. En esa primera fase de su histórica trayectoria, el ajedrez era para Botvinnik, ante todo, una ciencia, como la ingeniería. Fue más tarde cuando aquel joven tan serio y disciplinado entendió, por fin, que el ajedrez de élite es también un deporte de alta competición y de la máxima exigencia.


 


Leontxo García, Octubre de 2010

Formato papel

[Disponible]

PVP. 20,00€

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